Como cristianos solemos tener una idea equivocada sobre la palabra “deseos”. El problema no es que deseemos, sino que lo hacemos muy poco. Nos conformamos con placeres momentáneos cuando en realidad fuimos diseñados para desear en grande y buscar lo eterno. La vida ha golpeado nuestra capacidad de anhelar a Dios. Pensamos que si hacemos más, Dios nos bendecirá más, y olvidamos que Jesús debe ser lo que mueva nuestro corazón, no lo que pueda darnos. Él no es un medio para alcanzar felicidad; Él es el fin último y la verdadera felicidad. Nunca conoceremos plenitud mientras limitemos nuestros deseos a lo que alcanzan nuestras manos. Devoción es entender que Cristo es nuestro propósito, nuestro gozo y nuestra libertad. Lo único que puede darte satisfacción profunda es Jesús si vuelves a Él.